Arte

Las chácharas

¿Alguna vez has estado en media mudanza y encuentras decenas de cositas a las que no sabes qué hacerles? El souvenir de las pirámides de Egipto. Los collares de plástico del festival donde la pasaste increíble. El recuerdo del bautizo de tu ahijado. El adorno de Navidad de la oficina. Los lentes rotos que ahora sí vas a arreglar. La medalla conmemorativa del evento empresarial. La extensión de la aspiradora que guardas “por si acaso”, la colección de cucharas  con los nombres de las ciudades de Europa…

 

A esto se le considera LA CHÁCHARA.

 

A pesar de no valer prácticamente nada y que muchas de ellas nacieron siendo inútiles, a veces tenemos vínculos sentimentales con ellas y las guardamos incluso por generaciones

Una vida

juntando chucherías

De niña, diario regresaba a casa cargada de cositas que me encontraba: aretes sin par, premios del cereal, un pedazo de mosaico, una pluma sin tinta… Es común que los niños acumulen este tipo de tesoros… lo raro en mi caso fue que nunca lo dejé de hacer, hasta la fecha.

 

Ya para cuando tenía 16 años, no tenía en dónde guardar tantas cosas. Así que empecé a pegarlas en cajas y marcos de espejos. Cuando mis amigos veían mis composiciones me decían “¡hazme una!”. Y empecé a cambiar cofres forrados, por una colección de letras de Scrable o lo que saliera de los cajones de sus abuelitas.

 

Han sido como 30 años de una labor constante de búsqueda, recopilación y clasificación. Me he especializado en cositas de máximo unos 15 centímetros. Entre más kitsch, más populachera y más inútil, más me gusta. Tengo, literalmente, millones. Desde el toro de plástico que viene en las botellas de vino, hasta pins de uniformes Nazi, auténticos.

De donde sale

tanta cosa...

Por donde paso, algo me encuentro. En el carnaval de Barranquilla junté tantas, que llené una maleta de collares y bisutería. De Burning Man regresé a México con unos de 50 kilos de tuercas, recuerditos, y cosas que me encontré. Los niños son excelentes proveedores, chachareros de corazón (y dicho de paso, son los más fans de mi trabajo). Y cuando crecen, las mamás me regalan sus tesoros. Cuando mis amigos se mudan de casa, me donan sus chácharas… En el Senado de la República fui escritorio por escritorio limpiando cajones. El botín fue como de 15 kilos de plumas sin tinta y prendedores conmemorativos.

 

Varios amigos y conocidos, cuando me ven, me dicen “te tengo una bolsa de cosas que salieron de…” Y así, conforme se ha dado a conocer mi trabajo, más gente me regala sus preciadas chácharas, y saben que nadie las va a apreciar más que yo. Y si luego encuentran algo suyo en un cuadro, ponen felices “mira, ¡la transparencia de la luna de miel de mis papás!”. Y también les hace sentir bien que se hacen responsables de algo de su consumo. Además, saben que parte de las ganancias, las dono a proyectos para contrarrestar la contaminación en el medio ambiente.

Reduce, reusa,

recicla

Casi todo con lo que trabajo es, como se dicen en inglés, “pre-owned” o de segunda mano. Es mucho más fácil comprar nuevo que trabajar con objetos encontrados. Pero no significa lo mismo. A mi me gusta reutilizar. Ingeniármelas con lo que está a la mano. Transformarlo en un retrato de Frida Kalho, en una deidad azteca, o en un “Cerdo Capitalista”.

 

Me gusta crear con lo que tengo a la mano. Si hay retazos de tela, hago un kimono y los decoro con cintas con pompones para amarrar las cortinas. Si me encuentro una puerta vieja, la uso de base para algún cuadro. Por eso es prácticamente imposible hacer dos composiciones iguales. Y me siento bien de que pongo mi granito de arena para la sustentabilidad en el medio ambiente.

 

Antes compraba chácharas de manera compulsiva, hasta que me di cuenta del impacto ambiental del consumo irresponsable. Es rara la vez que compro chácharas nuevas, pero sí lo hago a veces. Porque mi trabajo también es lograr un registro de la estética popular. Por ejemplo, si voy al mercado de artesanías de Oaxaca, no me puedo contener.

 

Cuando compro nuevo, por lo general son artículos defectuosos, muestras, remates, retazos o alguna pieza para completar una colección. Regularmente visito los mercados de chácharas de Iztapalapa, que son de los más grandes del mundo. Ahí encuentro joyas que algún citadinos tiró a la basura, como un lote de llaveros del congreso de ventas de Amway 2012. Esas cosas que ya no tienen salida comercial, a mi me fascinan.

Cuánto me tardo en hacer una composición

La pregunta que casi siempre me hacen es “¿cuánto te tardas en hacer una obra?”. En armar una como “Frida”, serán unos 3 días en seleccionar las chácharas que voy a usar, más unos 7 días en pegar. Pero esa es la parte más fácil. ¡Lo tardado es conseguirlas! Porque no es como que voy a Fantasías Miguel y compro medio kilo de Pitufos. Son décadas de trabajo de recolección y clasificación. Por ejemplo, una de las obras más complejas en ese sentido, es el espejo octagonal llamado “Fe”. Este tiene chucherías con imágenes de varias religiones y creencias, traídas de todo el mundo. Me tomó más de veinte años en completar la colección.

 

La mayor parte del tiempo la dedico a recolectar. Cuando llega alguna cháchara nueva para formar parte de mi colección, primero la desinfecto. Luego, le hago una oración de limpieza energética (porque no siempre sé de dónde vienen); encuentro la categoría que mejor le queda y la guardo, a veces por décadas.

 

Tengo muchas de clasificaciones: por denominación de origen, por color, por tema, por material e incluso tengo un mueble de seis cajones con mis consentidas. Cuando tengo las suficientes piezas para una composición, entonces las acomodo como si fuera un rompecabezas y las adhiero con unos ocho tipos de pegamentos diferentes. También uso cuerdas, grapas y clavos.

Muéstrame tus chácharas y te diré quién eres

“La obra con objetos encontrados de Amanda de la Rosa habla de arqueología urbana. Porque hacen un retrato de los habitantes de un lugar, su relación con el medio ambiente y su ideología. En cuanto una cháchara es colocada en un contexto nuevo, ya no es sólo una cháchara, sino que forma parte de una obra de arte cargada simbolismo. Deja detrás la función original para la que fue hecha y toma un nuevo significado”.  

 

Ericka Morales

Arqueóloga y Antropóloga

Las cositas que conforman las imágenes son por lo general, fáciles de reconocer porque han pasado por las manos de todos. Pero al colocarse de cierta manera, conforman un mosaico que de lejos cuenta una historia, y de cerca, otra muy diferente. Y lo que parecía ser una mejilla de Frida Kalho, es en realidad, una tapa de garrafón Bonafont. Lo que se veía como un paisaje de mar, es un rompecabezas de micro plásticos. Hay quienes pueden observar estas composiciones por un buen rato y encontrar un significado diferente la siguiente vez.

 

Cada composición tiene tanta diversidad. Las chucherías que conforman cada imagen, viene de infinidad de lugares diferentes. De otras épocas. De países lejanos. Todas cargadas de simbolismo. Las chácharas están muy arraigadas a nuestra cultura. Porque son cositas que han pasado por las manos de todos y por eso es fácil identificarlas.

 

 Estas hablan mucho de quiénes somos y de la época en la que vivimos. Y si uno es atento, me atrevo a decir que estas chácharas incluso conservan la energía de las manos por las que pasaron. Se puede conocer algo de alguna cultura por sus  chácharas. Por ejemplo, no es lo mismo lo que consume Estados Unidos (de lejos, el país más chacharero que conozco); que Noruega, en donde hay pocas  y se reciclan. Pero eso sí, en una de las principales plazas de Oslo, hay un monumento al clip.

 

A menos de que se trate de un maestro Zen, es rara la persona que no guarda alguna chuchería en el fondo de su cajón. Aceptémoslo, nos encantan. Yo antes pensaba que la cháchara era un resultado del consumismo actual, pero puede ser que no. A los humanos nos encantan las cositas. Creo que está en nuestra naturaleza. Me llamó la atención que se encontró congelado a un hombre de las cavernas, prácticamente intacto. En su cinturón traía algunas figuras que parecieron no tener uso práctico y los antropólogos las clasificaron como “de uso ceremonial”. Actualmente, el clásico muñequito de la rosca, también es de uso ceremonial.

 

Todo parece indicar que habrá más consciencia por parte de los consumidores y de las marcas. Y la estética y los materiales también cambiarán. Mi propuesta  es también hacer un registro de chácharas y objetos de uso cotidiano, de ésta época. Que futuras generaciones puedan interpretar cómo somos actualmente y nuestro nivel de consciencia.

https://www.hazrizoma.net/post/d%C3%ADa-mundial-del-arte-amanda-de-la-rosa-de-residuos-y-chácharas-a-obras-de-arte?fbclid=IwAR2LHxxBw0lK8wSm8QkCob2V-aKht225AuafKAefxJku1mqAV4qQijJ1X34